Desde muy temprano, antes de que el sol toque la tierra helada, los jornaleros ya están en el campo. Entre surcos y cajas de jitomate, una escena conmovedora llamó la atención de esa mañana: un pequeño niño, hijo de trabajadores agrícolas, dormía profundamente en una caja vacía de jitomates. Sin cobijas, sin cuna, sin un rincón cómodo. Solo, envuelto en inocencia y frío.
Mientras sus padres cortaban jitomates bajo el crudo clima matutino, él permanecía ahí por casi dos horas, ajeno al ajetreo, al esfuerzo, al sacrificio que implica sobrevivir en el campo. A las 7 de la mañana, en medio del fríazo, ya estaba ahí con ellos. No hay guarderías, no hay descanso, no hay opciones.

Esta imagen, tan simple y tan poderosa, contrasta brutalmente con la realidad de muchos niños que duermen cálidos en sus cunas, en hogares donde la rutina no incluye jornadas laborales extenuantes desde la infancia.
Historias como esta muestran la otra cara del campo mexicano. Una que se vive en silencio, donde la infancia se mezcla con la tierra, el trabajo y el sacrificio. Una realidad que merece ser vista, contada y, sobre todo, transformada.
